miércoles, octubre 25, 2006

Minificción Microcuento Minicuento

La Fundación Común Presencia, continúa su labor de difusión cultural con esta página virtual dedicada al relato breve, lo que ha venido adelantando con otros proyectos como la publicación de la revista literaria Común Presencia y la colección internacional Los Conjurados, fiel a su sueño de irradiar las voces de grandes creadores que en diversos tiempos e idiomas han opuesto como Sherezada la imaginación al reino de la muerte.

Fundación Común Presencia
Cra. 10 No. 65 – 77 Piso 4

Tels: 571- 255 04 78, 346 5677
Bogotá, Colombia

comunpresencia@yahoo.com


(Fotos Blog: Gonzalo Márquez Cristo)

Abdón Ubidia

(Quito - Ecuador, 1944). Su libro de relatos Bajo el mismo extraño cielo (Círculo de Lectores, Bogotá, 1979), mereció el Premio Nacional de literatura de ese año. Su novela Sueño de Lobos, Quito, 1986, fue declarada Mejor Libro del Año. Dirigió la revista cultural Palabra Suelta. La Editorial Grijalbo publicó en 1989, su obra Divertinventos o libro de fantasías y utopías. En 1996, El Conejo editó El palacio de los espejos. Está por aparecer su Antología del cuento ecuatoriano contemporáneo.



RELOJES


Cuando aparecieron los primeros relojes digitales me apresuré a comprar uno en la tienda de Hans Maurer. Apenas fue mío comprendí el verdadero alcance de mi decisión. No me asombraba la ausencia de ruedecillas dentadas, resortes, áncoras y clavijas. No me asombraba el fluir de la corriente por el laberinto de circuitos integrados y cristales de cuarzo. Tampoco la pérdida del tic tac, que durante tantos siglos fuera la verdadera música del tiempo.

Me asombraba la diminuta pantalla que había venido a sustituir a la esfera de manecillas.

Al enjuto, enigmático reticente Maurer, le explico bien: la esfera marcada nos recuerda una concepción del mundo protectora y de algún modo feliz: el tiempo da vueltas. Cada culminación es un nuevo comienzo. No hay ruptura entre las partidas y los arribos. El pasado y el presente y aún el futuro se muestran ante nuestros ojos en una continuidad circular. Las agujas abandonan con pasos de hormiga aquello que ya no es y siguen en pos de aquello que indefectiblemente será. Uno puede ver su camino. Señalar su retorno. Y al verlas uno puede decirse que los días se repetirán siempre con sus mañanas y sus noches. Que los ciclos existen. Que nos repetiremos también en nuestro hijos como nuestros padres en nosotros. Que perduraremos.

De pronto la maldita pantalla digital viene a cambiar todo esto. Los números aparecen y señalan un presente puntual. Cada instante es distinto del que le precede. Los números emergen o se hunden en una nada sin rastros. Allí no existen decursos sino reemplazos. El tiempo asoma abierto. Ha perdido su rumbo circular y carece de límites. Es apenas un presente instantáneo. El futuro es un desierto blanco y helado. El pasado se esfuma. Es un abismo también blanco que se abre y desmorona detrás de nuestros talones con cada paso que damos. Yo no sé si otros verán lo que yo veo ahí: una soledad infinita. El abandono. La total desprotección. Estos relojes han venido a enseñarnos nuestra orfandad. La gran mesa redonda que juntaba tantas cosas no existe más.

Hans Maurer, sonríe. Pero yo insisto:

–Es posible que cada edad invente los instrumentos con los que se mide a sí misma. Es posible que cada era escoja sus propios modos de entenderse, según sea su propia conveniencia. La forma circular de engranajes, esferas y movimientos de los relojes mecánicos (con sus ejes obligados), no sería entonces casual ni el fruto de una necesidad puramente física. Sería, pues, aparte de lo ya dicho, la realización de una búsqueda la de un centro ordenador, la de un sentido central que lo organice todo. Temo, entonces, y no me avergüenza confesarlo, que los relojes digitales, aparte del tiempo, estén midiendo además otro continente que no alcanzo a comprender bien. Tal vez el de un gran desierto blanco, vacío, sin centro, y sin sentido.

De tarde en tarde (a pesar de nuestra mutua repulsión) me llego a la tienda de Maurer. Examino cada modelo que él me muestra. Tengo la esperanza, cada vez más vaga, de encontrar algo cualitativamente distinto que pueda reemplazar al reloj digital que él me vendió.

En este ir y venir de su tienda, hace poco Maurer me jugó una mala pasada: me ofreció el único reloj que yo no quería poseer. Algún demonio macabro lo había inventado hacía muy poco. Estaba equipado con sensores que detectaban los signos vitales de su dueño. Por eso tenía (sí) manecillas. Pero estas giraban en dirección contraria a la usual. Giraban al revés. Y su marcha se aceleraba conforme se aproximaba la muerte del usuario.

La sonrisa de Maurer se abrió como un hueco negro en su cara blancuzca cuando me lo ofreció.

Sabía que entre el horror que palpitaba, silencioso, en mi reloj de pulsera y aquel otro, burdamente físico, que exhibía en su mano extendida, yo no podía escoger.





Alfonso Reyes

(Monterrey, Nuevo León, 1889-México D.F,1959). Estudió Derecho en la UNAM. Fue uno de los fundadores de El Ateneo de la Juventud. Ejerció la diplomacia, como embajador en Argentina y en Brasil, además de otros cargos en España. Su obra reunida consta de 25 tomos, entre ensayos, poemas, cuentos, piezas de teatro, crónicas y cartas. La experiencia literaria es, sin duda, uno de los libros más estudiados de Alfonso Reyes. Asimismo se destacan Visión de Anáhuac (1917), Los trabajos y los días (1934) y Estudios helénicos (1957).


LA FIESTA NACIONAL

(...) Ventura de la Vega, en el tránsito, reúne a sus deudos e íntimos para revelarles el secreto de su vida. Todos esperan terribles cosas:
–¡Me carga el Dante! –les confiesa.
Luis Taboada, moribundo, llama a su hijo:
–Ve –le dice– a la Parroquia de San José, y di que me manden los Santos Óleos; pero que sean buenos, que son para mí.
Y el novillero. El novillero que acosaba día y noche al Lagartijo pidiéndole la alternativa. Murió una tía de éste a quien él tenía por su segunda madre. Pidióle el novillero la alternativa por el alma de su señora tía, y cedió el torero, como sensible. El primer toro que toca lidiar al nuevo matador resulta toro de bandera, que lleva la muerte en los cuernos. El padrino le ayuda, le prepara el toro:
–¡Tírate ahora! –le grita.
Y el ahijado se perfila; sabe que no podrá, da por segura la cornada y, resuelto a todo, vuelve un instante los ojos al maestro: advierte entonces el brazal negro, el traje negro y oro de Lagartijo que recuerda el luto reciente y, antes de arrancarse, todavía tiene tiempo –¡y ánimo!– para decir, jugando la vida y el vocablo:
–Maestro ¿qué se le ofrece para su señora tía?

Ana María Shua

Nació en Buenos Aires en 1951. Sus primeros poemas fueron publicados en El sol y yo. En 1980 ganó con Soy Paciente el pre­mio de la editorial Losada. Sus otras novelas son Los amores de Lauri­ta, (llevada al cine), El libro de los recuerdos (Beca Guggenheim), La muerte como efecto secundario (Premio Club de los Trece y Premio Municipal en novela) y El peso de la tentación, publicada en 2007. También ha escrito varias selecciones de cuentos, entre ellos Viajando se conoce gente. Sus cuatro libros de minificciones, género en el que ha obtenido amplio reconocimiento en el mundo de habla de hispana, son La sueñera, Casa de Geishas, Botánica del caos y Temporada de fantasmas. Obtuvo el Premio Municipal y el Diploma al Mérito Konex en cuento. Como autora de literatura infantil ha ganado premios nacionales e internacionales, entre ellos el del Banco del Libro en Venezuela y el White Raven, en Alemania. Algunos de sus libros han sido publicados en Brasil, España, Italia, Alemania, Corea y los Estados Unidos.



MÁQUINA DEL TIEMPO

A través de este instrumento rudimentario, descubierto casi por azar, es posible entrever ciertas escenas del futuro, como quien espía por una cerradura. La simplicidad del equipo y ciertos indicios históricos nos permiten suponer que no hemos sido los primeros en hacer este hallazgo. Así podría haber conocido Cervantes, antes de componer su Quijote, la obra completa de nuestro contemporáneo Pierre Menard.




EN EL MAR DE AL-KERKER

No lejos de aquí, en las orillas del mar de Al-Kerker, vive un pueblo del linaje de Noh (sobre él sea la paz), pues el diluvio no llegó hasta allí y desde entonces esa gente vive aislada de todos los hijos de Adán. Ellos se hicieron cargo de los niños pequeños que la mano del Señor protegió cuando la destrucción de Sodoma. Viven tan sin pecado que apenas pueden considerarse humanos, pero ellos lo ignoran, porque si lo supieran caerían en el pecado de soberbia. No te llevé conmigo porque no te gustarían, los encontrarías un poco tontos, alelados, se mueven lentamente, por eso tardé tanto, no te enojes así, sus mujeres no son capaces de lujuria, tranquila por favor, es mejor que lo dejes sobre la mesa, así, muy bien, se reproducen con dificultad, te lo aseguro, por pura obligación mi amor, vamos a casa.HURÍESSi para el buen musulmán el Paraíso es fértil en huríes, para la musulmana observante, ¿qué promete? Menos que nada es un harem de varones dóciles a sus deseos (menos que una sola semilla de sésamo) frente a la gloria de ser la favorita en un harem de cien mil cuatrocientas treinta y dos mujeres bellas. (Las otras cien mil cuatrocientas treinta y una están en el infierno).

Anónimo - Las Mil y una Noches -


El signo de la muerte


Un joven jardinero persa dice a su príncipe:

—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto amenazante. Esta noche, por milagro, desearía estar en Ispahán.

El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde se encuentra en la plaza con la Muerte y le pregunta:

–Esta mañana, ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?

–No fue un gesto de amenaza –le responde– sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan y quería recordarle que allí tenemos una cita esta noche.

Augusto Monterroso


Vivió varios años en Guatemala y en Chile y se radicó definitivamente en México. Estudió Letras en la UNAM y fue Becario del Colegio de México. Ejerció como editor en la UNAM y como investigador en esta misma universidad. Fue coordinador del Taller de Narrativa del INBA. Es autor de Obras completas (y otros cuentos) (1959), La oveja negra y otras fábulas (1969), Movimiento perpetuo (1972), Viaje al centro de la fábula (1982), La letra E (1987), entre otros libros.



La Tortuga y Aquiles

Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta.


En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.


En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.

Carlos Castillo Quintero

Nació en Miraflores, Boyacá, en 1966. Poeta, narrador, ensayista y editor. Radicado en Tunja desde 1984. Su obra le ha merecido el Premio Nacional de Poesía Universidad Metropolitana de Barranquilla 2002 y el Premio Mejor Obra Boyacense, 2000. Ha publicado: Piel de recuerdo, Burdelianas, Rosa fragmentada, Los inmortales.

AGOSTO 24 DE 1899

I´m looking for the face I had
Before the world was made.

Yeats: The winding stair

¡Lo estaba esperando! –dijo Asterión con voz potente. Borges que desde hacía tiempo caminaba en dirección al país de los muertos, levantó la cabeza y comprendió que había extraviado su ruta. A palos de ciego buscó en el laberinto de sombra a quien de esa forma le hablaba, y sus manos acostumbradas a ver en el vacío, se tropezaron con un intenso olor a toro. Sin temor se le fue aproximando.

¡Lo esperaba para matarlo! –volvió a decir el astado.

El ciego dudó un poco y finalmente con una sonrisa se le acercó. Asterión, sorprendido, se dejó acariciar la cabeza. Con paciencia Borges le explicó que no podía matarlo porque él ya estaba muerto, que a lo sumo, lo que podía hacer era ayudarlo a encontrar el camino hacia el Hades, pues al parecer sus ojos sin luz le habían hecho perder el rumbo.

El Minotauro, todavía invadido por el éxtasis que le procuraron la manos y la voz tranquila del viejo, amedrentado, se alejó buscando protección en el infinito nudo de líneas que constituían su casa.

Ajeno a los temores del que huía, el anciano continuó hablando y sus palabras abrieron nuevos caminos en aquellos muros, hasta que la ausencia del olor de la criatura se impuso a su alrededor comunicándole que estaba solo. Cansado, buscó una repisa y apoyando la cabeza en el bastón, se durmió. En su sueño escuchó a la madre muerta leyéndole cartas, y su madre se fue transformando en la esposa amada con la que volvió a vivir mil y una noches de historias, y era ella Emma Zunz que buscaba salida a su deseo, y juntos fueron hasta un sótano desde donde asistieron a una boda celebrada en los confines del mundo, y allí vio a un Borges que era rey en un país de arena y que soñaba con un pájaro; y la voz de su madre retornó y era ella una misma e infinita mujer que leía... Así lo encontró Teseo que, aterrorizado ante aquel monstruo de ficción, aprovechó su letargo para asestarle un mazazo que le deshizo la cabeza.



INEPTITUD ESENCIAL

Se sabía amada a plenitud. Su hombre la había colmado de obsequios y halagos dignos de una diosa y era así como se sentía en el momento de hacer su petición:

Quiero que me des la vida –le dijo sin siquiera mirarlo a los ojos.

–Mi vida la tendrás por siempre –le respondió el enamorado.

–Quiero que me ofrendes tu vida –volvió a decir la mujer.

–Mi vida está a tus pies... –pero no pudo continuar, pues ella con disgusto le explicó que deseaba que se matara en su presencia.

Si de verdad me amas, harás eso por mí –y al pronunciar estas palabras ya estaba cercana al llanto.

Él se quedó en silencio. La miró y comprobó que era la mujer más hermosa que jamás sus ojos hubiesen contemplado. Su corazón se quebrantó pues aquello que pedía él no podía dárselo. Apenado, dio media vuelta y con paso taciturno penetró en las calles llenas de sombra en donde tomó su forma de vampiro y se dirigió a su castillo, que en lo alto de la montaña le aguardaba más desolado y frío que nunca.



Derechos reservados
© Carlos Castillo Quintero



Chuang Tzu

El sueño

Chuang Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.

Cicerón

Político y escritor romano Marco Tulio Cicerón perteneció a una familia acomodada lo que le permitió desarrollar sus estudios en Roma. Sus primeros pasos se dirigieron hacia la jurisprudencia, la filosofía y la retórica, realizando un viaje por Grecia para conocer la cultura helenística. En el año 77 a.C. regresó a Roma y contrajo matrimonio con Terencia, iniciando el cursus honorum al año siguiente. Fue nombrado cuestor en Sicilia, destacando por su honradez y en el año 67 obtuvo el cargo de pretor desde el que apoyó a Pompeyo. Tres año más tarde fue elegido cónsul, consiguiendo descubrir el complot dirigido por Catilina que pretendía acabar con su vida. Con las "Catilinarias" consiguió convencer al Senado del castigo a muerte de los conspiradores. El Triunvirato de Pompeyo, Craso y César motivaría la decadencia de Cicerón ya que fue condenado al exilio durante un año. De regreso a Roma apoyó abiertamente a Pompeyo, provocando el enfrentamiento con César que le llevó a retirarse a Brindisi. La muerte de César le acercó de nuevo a la política al escribir contra Antonio sus "Filípicas" en memoria de Demóstenes, entrando en la lista de proscritos durante el Segundo Triunvirato. Antonio dirigió contra él a sus sicarios, que le dieron muerte cerca de Fornia.




Historia de Cecilia

He oído a Lucio Flaco, sumo sacerdote de Marte, referir la siguiente historia: Cecilia, hija de Metelo, quería casar a la hija de su hermana y, según la antigua costumbre, fue a una capilla para recibir un presagio. La doncella estaba de pie y Cecilia sentada y pasó un largo rato sin que se oyera una sola palabra. La sobrina se cansó y le dijo a Cecilia:

—Déjame sentarme un momento.

—Claro que sí, querida —dijo Cecilia—; te dejo mi lugar.

Estas palabras eran, el presagio, porque Cecilia murió en breve y la sobrina se casó con el viudo.




Colombia Truque Vélez

Nació en Bogotá, Colombia. Poeta, cuentista y traductora. Obras: Palabras de sueño y de vigilia (1984), Otro nombre para María, Premio Nacional de Cuento (Colcultura, 1993) y Poemas al margen (1997). Actualmente está trabajando en un nuevo libro de relatos y haciendo un proyecto musical con compositores brasileños y un colombiano (Fernando Linero). E-mail: ctruquevelez@yahoo.es


PARÁBOLA DEL AMOR TRAICIONADO

Después de un rato en que se estuvieron mirando intensamente: Te amo, dijo él. Te amo, dijo ella. Se tomaron las manos y echaron a andar. El aire era tibio como sólo puede serlo en la primavera, con la misma tibieza que cada uno sentía emanar de la mano del otro.

Él es el Héroe y ella, la Heroína de esta historia que acaba de comenzar.

La luz ha ido cambiando, como si una pequeña nube hubiera velado el brillo del sol. Me hieres, dijo él. Sólo el No Amor puede no herir, dijo ella; el amor es una guerra. Ahora, la Heroína tenía en su mano un arma extraña, de brillos siniestros. Tú me heriste primero, dijo ella. No, tú me heriste primero, dijo él. Sólo el No Amor puede no herir. El amor es una guerra. También el Héroe tenía en su mano un arma extraña, de brillos siniestros.

A medida que se herían mutuamente, sus sombras, proyectadas contra el muro, que al principio estaban cogidas de las manos, comenzaron a separarse y a hacerse menos nítidas, como si la luz hubiera variado su ángulo sobre la escena. Las sombras se agitaban, haciendo esfuerzos para volver a unirse y, de repente, lo lograron. Los dos héroes que se herían en su lucha, habían depuesto súbitamente sus armas. ¿Me perdonas?, preguntó ella. ¿Me perdonas?, preguntó él.

La escena de la lucha y el perdón se sucedió varias veces más: el amor es una guerra. Entonces ocurrió que al final de una de esas luchas las sombras se debatieron con desesperación, tendiendo la una hacia la otra sus brazos, que del color de la tinta china se habían vuelto como manchas grisáceas y amenazaban desvanecerse completamente. Sin embargo, en la lucha del Héroe y la Heroína de carne y hueso, uno de los dos se alzó victorioso. No podríamos decir cuál, porque los cuerpos, al igual que las sombras, habían ido perdiendo consistencia. Ya iban a desaparecer por completo, cuando se oyó, no se sabe si salida de las sombras o de los cuerpos, una voz débil que clamaba: ¡Ayúdame! Y otra voz que le respondía: ¡No puedo! Mi victoria es una herida más dolorosa, sangrante y mortal que la tuya...


Disidencia

Como el amor no se parece, ni de lejos, a la felicidad. Como ya terminaron los tiempos de las grandes aventuras y descubrimientos. Como leer se va pareciendo al placer de deshojar la margarita. Como escribir tiene poco sentido, y ninguno para algunos. Como entre ver cine y hacerlo es mejor todo lo contrario. Como en la rumba hay agujeritos por donde se cuela el hastío. Como caminar cansa en esta ciudad de basura y sorpresas crueles. Como dedicarse en esta vida a otra cosa que no sea la existencia es a todas luces imposible. Como imposible es elegir, diga lo que quiera Sartre. Como... y como... y como: Es la ansiedad, me dicen mis amigos.


Fotografía de la autora: Edgar Arturo Varón Cañón

Derechos reservados
© Colombia Truque Vélez

Enlace: http://escritorescolombianos.blogspot.com/


Fabio Martínez

Nació en Cali, Colombia, 1955. Egresado de Literatura e Idiomas de la Universidad Santiago de Cali, obtuvo una Maestría en Estudios Hispánicos en la Universidad de la Sorbona de París y un Doctorado en Semiología Literaria en la Universidad de Quebec en Montreal, Canadá. Autor de: Un habitante del Séptimo cielo, Fantasio, y Breve tratado del amor inconcluso.


La joya de ópalo

Como estaba muy enamorado, le regaló para su cumpleaños un anillo de ópalo. Después del regalo, empezaron las desgracias. Primero, fue la historia del suicida que al tirarse de un décimo quinto piso casi le cae en la cabeza y lo mata; segundo, se le incendió la casa; tercero, le mataron a un hermano.

Cuando él escogió la joya de ópalo, no sabía que esa piedra trae consecuencias funestas.

No al que la recibe, sino al que la escoge y la obsequia como regalo.


Expresionismo alemán

La flor azul es la flor de la noche y pertenece a Novalis. La flor plateada es la flor de la angustia y el desasosiego y pertenece a Georg Trakl.

Nosotros, como hijos de la noche, oscilamos entre la flor azul y la plateada que pertenecen a Novalis y a Georg Trakl, el atormentado de Salzsburgo.

En la flor azul están cifradas las esperanzas plenas del poeta que sabe agradecer a su dios.

En la flor plateada están cifradas las dudas y angustias del poeta que no ha sabido respetar a su dios, y por eso se siente infeliz y desdichado.


El sueño de Borges

Como Borges de Carriego y Barnatán de Borges, yo también tengo recuerdos de ellos.

A Barnatán lo conocí a través del poeta y me pareció un hombre fino y cultivado.

Con Borges sueño estar sentado a su lado en Cambridge en un banco al pie del río Charles. Borges está apoyado en su eterno bastón y mira pasar el río del tiempo.

En el sueño, yo escucho y lo veo (Borges no me ve porque está ciego).

En el sueño, yo soy el espectador de mi propio sueño. Soy el soñador soñado.



Derechos reservados
© Fabio Martínez



Gonzalo Márquez Cristo


Nació en Bogotá, Colombia, en 1963. Ha publicado dos ediciones del poemario Apocalipsis de la rosa (Quimera del Oro, 1988 - Hojas Sueltas, 1990); la novela Ritual de títeres (ganadora de Beca Colcultura en 1990: Tiempos Modernos Editores, 1992); El Tempestario y otros relatos (Común Presencia Editores, 1998); La palabra liberada (primera edición Colección Los Conjurados, 2001; segunda edición, 2005), la antología Liberación del origen (Universidad Nacional de Colombia, 2003) y Oscuro Nacimiento (Primera Mención concurso nacional José Manuel Arango, Colección Los Conjurados, Bogotá, 2005; segunda edición 2006). En 1989 participó en la fundación de la revista cultural Común Presencia (reconocida con Beca Colcultura a mejor publicación cultural del país, 1992), de la cual es su director. Es creador y coordinador de la colección de literatura Los Conjurados, actualmente distribuida en cinco países. Varios de sus poemas y relatos han sido traducidos al inglés, francés, italiano, árabe, portugués, japonés y braille; y figuran en 19 antologías. Obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Maurice Blanchot (2007), con su trabajo "La Pregunta del Origen".
Su obra ha sido comentada por importantes poetas y pensadores de nuestro tiempo como: E.M. Cioran, Roberto Juarroz, José Ángel Valente, Fernand Verhesen, António Ramos Rosa, Alfredo Silva Estrada, Claude Fell, Roger Munier, Olga Orozco, Eugenio Montejo, Claude Michel Cluny, Martha Canfield, Franco Volpi, Jorge Rodríguez Padrón, Marco Antonio Campos...

Actualmente prepara un libro de reportajes a grandes escritores y artistas contemporáneos.

E-mail: comunpresencia@yahoo.com
http://gonzalomarquezcristo.blogspot.com/



DE LO INEXORABLE

Soy uno de los genios heréticos que se rebelaron contra el Gran Soleimán, hijo de David (¡que sobre los dos haya paz!)

Descifrando mis artilugios el magnífico rey me derrotó y me castigó encerrándome en esta página, atrapándome en sus líneas, utilizando sus palabras como lianas, obligándome por siempre a este inútil monólogo exaltado.

Según lo establecido mi desolación será eterna; y sólo me es concedida una efímera libertad, una interrupción de mi condena, una huida de esta cárcel terrible de papel, durante el breve tiempo que algún desprevenido lector ocupe mi lugar...



EL OCULTO

Hoy he cumplido siete años de oscuridad y abstinencia. Fui vigilado incesantemente por guardianes que tenían la inapelable obligación de no dejar que nunca el ojo sin párpado del sol me viera, aislado y condenado a una excesiva austeridad... Pero he terminado al fin mi rigurosa preparación.

Hoy seré elegido. Oficiaré el primer sacrificio. Las nubes recibirán en adelante mis órdenes. Después, según la costumbre, agradeceré a la prolongada oscuridad el estar poblado de voces, de reflejos interiores, de pensamientos profundos y de reflexiones míticas; pues se sabe que todo lo que se hace en lo visible es irreal.

Ahora dejaré de ser el Oculto —me están llamando—. Al abandonar este amado y despreciado escondite sorprenderé al Sol naciente que ignora mi rostro, lo subyugaré con mis ritos ejercitados en las tinieblas y lo asesinaré. Mañana seré yo quien surja por el oriente en Sugamuxi.



PIZARRO

Extraños designios me dieron el poder absoluto para realizar así mi horrible acto, mi terrible acción de derrotar y condenar a muerte al hijo de un gigante dios iluminado.

Ahora estoy completamente solo, rodeado de selva, y no existe una noche en que no tema que amanezca.



Derechos reservados
© Gonzalo Márquez Cristo



Guido Tamayo

(Bogotá - Colombia,). Narrador y ensayista. Autor de: El retablo del reposo, Premio del Instituto Distrital de Cultura y Turismo, 1991. Dirigió la serie antológica de cuento El Pozo y el Péndulo de Editorial Panamericana. Con un tono personal y traslúcido que centra su fuerza interior en la metafísica de la huida, este ensayista y narrador, nos entrega un relato donde el observador observado, trasciende el espacio de la novela negra, en un juego en el que la desnudez y el desencuentro, son encarnados por unos seres que ocupan con consagrada nostalgia sus escenarios citadinos.


PUNTO DE FUGA

I.

Hasta mis oídos llega el timbre metálico del badajo golpeando una y otra vez contra las paredes del campanario. Me incorporo afinando la atención en procura de apresar el eco, aguzando el oído para lograr aislarlo del ruido de los carros, de los murmullos de la gente en la calle, del ronco respirar de las fábricas cercanas.

Ese tintineo monótono y mineral posee la virtud de apaciguarme. No puedo precisar cuántas veces ha repicado, pero lo importante es tener la certidumbre de que aún permanezco en esta ciudad, cerca de la catedral, en este apartamento vacío y absolutamente ajeno a mi memoria que apenas unas horas antes he alquilado, y que abandonaré en el momento en que haya recuperado un poco mis fuerzas o, más apresuradamente, si me percato de que me han descubierto.

Va atardeciendo y una porción de luz ceniza se cuela con timidez por entre los visillos de la ventana posándose con desgano otoñal sobre mi cuerpo desnudo tendido sobre el colchón. A mi lado reposa la bolsa de viaje entreabierta. Un poco más al rincón, mi ropa se esparce por el suelo conservando un extraño orden como si en vez de haberme despojado de ella, dejándola caer con desinterés, mi cuerpo se hubiese desintegrado manteniendo las prendas en una disposición perfecta en espera tan sólo de mi restitución.

Por lo demás, el apartamento luce cuidadosamente desierto, destilando ese abandono meticuloso e impersonal de las estancias que se ocupan y desocupan furtivamente dejando la huella de una ansiedad inaprensible, un desasosiego apenas insinuado.

Mi cuerpo se sacude sobre el colchón. Son cortos espasmos que se repiten con matemática frecuencia y que, con lentitud, me van produciendo cierto relajamiento. Empero, mi figura permanece rígida. Atentos los músculos contraídos. Dispuesto el organismo a reaccionar ante la más tenue indicación de mi cerebro. Necesito mantenerme despejada. Sé que toda pequeña tregua en mi huida significa multiplicar los riesgos; brindarles más margen para su acoso. Si he decidido por fin tomar este descanso es porque mi cuerpo, doblegado ya por la fatiga, no me obedece. Viajé durante muchos días y noches sin parar, esforzándome por avanzar lo más posible, evitando recesos en la marcha, ignorando el reclamo del sueño y la ansiedad de detenerme un momento, aunque fuese tan sólo para comprobar que todavía no me han atrapado y que esta evasiva contiene aún todo su sentido.

He recorrido muchos kilómetros, he cambiado varias veces de ciudad y he remontado gran parte de un océano. Es por lo tanto necesario, mas no lo más prudente, que acceda a un breve reposo en esta ciudad desconocida; aquí, en este apartamento vecino a la catedral en donde el escuchar cíclico del campanario, me reconforta.

Procuro no asomarme al balcón, pero cedo ante la tentación de poderlos espiar. Deseo observar a los que me observan. Participo de la voluptuosidad de que nuestras miradas se refracten al encontrarse, y que como en un espejo, se confundan unas y otras y ellos pasen a ser, fugazmente, los perseguidos, y yo, su verdugo. En cualquier caso, no es más que una ingenuidad: no conozco sus rostros, no puedo identificar sus figuras.

Contemplo la calle y veo cómo la noche ya ha logrado hacer, con la misma severidad de la muerte, de sus cuerpos sombras y cómo cualquiera de ellas puede ser la que me acecha. Por ejemplo, ahora, distingo una mancha recortada contra una arista del callejón. Es una mancha extremadamente fina, un hilillo de carbón que se perfila sobre el adoquín como un boceto de Giacometti. Fuma con insistencia y su equívoco ocio parece dedicado a mí. ¿ Será ese hombre delgado uno de mis perseguidores?. Y si es uno de ellos ¿Sabrá por qué me persigue?

Enciendo un cigarrillo para que el hombrecillo vea el destello del fuego en el balcón y, con un sólo golpe de vista, contemple mi cuerpo desnudo. Deseo, con algo de juguetona perversidad, que pueda verme simplemente y por una vez, como una mujer desnuda tras un balcón. Desposeída de mi condición de presa. Sexuada. Personal. Mero objeto circunstancial de los avatares de su profesión. No apelo a mi desnudez para distraerlo del cumplimiento de su deber ni para evocar una sensualidad, por otra parte seguramente inexistente (en su oficio la sensualidad es ignorada en beneficio de una abyección más o menos carnal), sino para despertar en él, tal vez, la idea de un desafío, de un reto que convoco mostrándome a sus ojos sin ningún pudor ni temor, subrayando con mi exhibición, con la cerilla que alumbra por un instante mi desnudez, que de ahora en adelante me sé su perseguida, pero sobre todo, que lo he identificado como mi perseguidor.

Ha cruzado un coche y las farolas se han detenido por un momento en su cara como en un una escena de cine «negro». Su tez es lechosa y su rostro en la penumbra parece tallado en madera seca. Me mira con una mezcla de resignación y curiosidad. Atribuyo esto último a que ha sabido captar el sentido de mi exposición. Nuestro breve y cómplice diálogo ha llegado a su fin: la cerilla se ha extinguido y los focos del auto se han perdido por la calzada no sin antes alargar aún más su sombra por el adoquín.

Me ha descubierto y en consecuencia es peligroso que insista en este escondite. Debo vestirme de nuevo, rehacer la bolsa de viaje y huir cuanto antes aprovechando el corto margen que sé me brindará para reiniciar de inmediato mi persecución.


II.

He logrado verla por un momento.

Bastó el furtivo destello de la cerilla al encenderse para fijar su silueta enmarcada en el balcón. Su cuerpo es más fino de lo que se intuye bajo su ropa. También es más blanco. Y triste. Parece relleno de sal. Alcancé a notar que temblaba. Pero no hace frío. Tiembla por temor. De adentro hacia afuera. Me buscaba con su mirada inquieta como la de un búho. Trémula al no poder reconocerme. Sé de esas miradas astilladas de miedo y odio por partes iguales. Esos sentimientos reunidos le confieren una belleza especial. No he visto jamás algo más hermoso. Los ojos se iluminan. No parpadean. Se tornan acuosos. Y respiran. Y cuando empiezan a apagarse. Lentamente. Cediendo el brillo al peso del cansancio. De la derrota. Ese es el momento. El mío.


III.

Salgo a la calle con sigilo, auscultando con cuidado los recovecos del callejón.

En el instante en que desemboco a la gran avenida tropiezo con el cuerpo hirsuto del hombrecillo. Está tenso y gélido. Me contempla escrupulosamente como cotejándome con la memoria. Veo muy de cerca su rostro glacial; sus ojos insípidos. Respiro con torpeza y mi turbación se hace evidente.

–Parece extraviada, me dice. ¿Si puedo ayudarla en algo?

–Es verdad señor. Quisiera saber en dónde está la estación del tren.

Sin dejar de observarme, el hombrecillo señala con su escuálido brazo de espantapájaros hacia el sur.

–Está por allí, no es muy lejos, serán unas tres calles.

Le agradezco mucho, digo, y sin aguardar más me dirijo hacia el destino indicado procurando un andar desafectado. No he alcanzado a caminar diez pasos cuando oigo los de él tras de mí, acompasados en un solo eco. Huella sobre huella.

Mientras me alejo escucho en la distancia, muy tenuemente, como el sonido de un doméstico móvil de cristal, las campanas de la catedral que repican su benigna letanía.



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Guillermo Velásquez Forero

Nació en San Vicente de Chucurí, Santander, 1954. Licenciado en Linguística y Literatura y especialista en Literatura y Semiótica. Poeta, cuentista y narrador de minificciones y de literatura infantil. Su obra ha obtenido varios premios nacionales. Autor de: Itinerario del exiliado, Militante sin reino, El gesto de la huella, Luz de fuga, Los evadidos.


CONDENA DEL DURMIENTE

Sobre un hombre desnudo que duerme plácidamente pende una soga con un intrincado amarradijo. Si el durmiente no logra soñar la clave para desatar el nudo, al despertar, será ahorcado.


EL PÁJARO DE LA LLUVIA

Azotado con furia por el látigo del viento, el pájaro de la lluvia se estrelló contra la ventana y se destrozó sus alas de agua, se desbarató todo, y le vimos sus plumas transparentes que escurrían por el vidrio como lágrimas de lástima por la caída y los vuelos perdidos.

Pero luego lo oímos cantar en el arroyo, y cuando alumbró el sol, recogió las gotas de sus plumas, rehizo sus alas, alzó vuelo y volvió a anidar en el cielo.


LA EJECUCIÓN

La tierra estaba dormida. Los del pelotón de fusilamiento fueron apareciendo en el patio, ligeros e intermitentes; el reo, hecho de palidez y de temblor, surgió con dificultad, pues tuvieron que traerlo a la fuerza y obligarlo a asumir su destino. Pero al fin se resignaron a ser visibles y palpables, sirviendo de precario estribo al jinete del tiempo.

Aunque inconsistentes y fugaces, ahí estuvieron y cumplieron: los que hicieron de verdugos, maquinalmente levantaron sus armas y le despacharon la muerte; y el que sirvió de víctima, la abrazó en silencio.

Luego, todos se desvanecieron entre las sombras, porque eran sólo una pesadilla de la tierra. Sin embargo, los agujeros de los tiros quedaron grabados en la memoria del muro.



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Guillermo Bustamante Zamudio

Nació en Cali, 1958. Licenciado en Literatura e Idiomas, Magister en Lingüística y Español (1984). Profesor de la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá. Cofundador y codirector de la revista Ekuóreo de minicuentos. Ganador del premio Jorge Isaacs 2002, con el libro Convicciones y otras debilidades mentales.


Continuidad de la «Continuidad de los Parques»

En el cuento «Continuidad de los parques», de Cortázar, un hombre retoma la lectura de una novela y se deja interesar lentamente por la trama. Se acomoda en su sitio preferido: el estudio que mira hacia el parque de los robles, de espaldas a las posibles interrupciones que entrarían por la puerta; los cigarrillos, a la mano; el si­llón es de terciopelo verde y alto respaldo. En la novela, unos amantes planean matar a alguien; ella sigue la senda que va al norte, él sigue los puntos de un plan estrictamente establecido que, paso a paso, lo llevan al cuarto donde está su víctima: un hombre que lee en un sillón alto de terciopelo verde, de espaldas a él, que entra por la puerta.

Hasta ahí se contó. Pero la cosa continúa.

El hombre que lee esa descripción no tiene más remedio que sentirse alu­dido. Levanta los ojos. Piensa: «¡Pero si es una ficción! Esto es una coinci­dencia». No obstante, una incomodidad que no pasa por la razón lo hace girar para comprobar que nadie más hay en el lugar. Algo triunfante, vuelve al texto. Allí dice que la víctima detuvo la lectura un momento, y que volvió la cabeza para exclamar con tranquilidad: «No hay nadie». El amante avanza hacia la víctima, puñal en mano.

Ahora, el hombre que lee está razonablemente seguro de que es una situa­ción idéntica. Mira de manera intempestiva hacia atrás, pero nada ve. El temblor del humo del cigarrillo que prende es imperceptible. El pequeño temor crece, pero no detiene la curiosidad: ¿qué pasará con los amantes? Entonces, lee. Lee que la víctima nuevamente se ha girado hacia la puerta, ha encendido un cigarrillo y, tras un corto titubeo, ha retomado la lectura; que el amante avanza en silencio y está a un paso de consumar el asesinato. El hombre que lee se pone de pie, busca en el estudio, mira hacia los robles, no entiende. Duda en seguir le­yendo. Pero, ¿por qué dudar? ¡La situación es ridícula! Se sienta y continúa. La novela cuenta que el hombre que lee ha deambulado por el cuarto, como buscando algo y, finalmente, se ha sentado de nuevo. El amante levanta la mano armada. El hombre deja de leer, siente un peso inconmensurable; vuelve a las páginas. En la novela dice: «El hombre deja de leer, siente un peso inconmensurable; vuelve a las páginas». Cierra los ojos; retoma el texto: cada palabra, cada letra, aproxima más el arma, que se detiene sólo cuando levanta la cabeza para comprobar que no hay nada.



Nunca es tarde

Caperucita estaba aburrida de que, cada vez que un lector toma el libro y lee, termina primero baboseada y después despedazada por el lobo, saliendo finalmente a través de una chapucera autopsia de cazador. Para acabar con este ciclo infernal, convenció a una amiguita de hacer sus veces y presentarse en la escena de marras con la canastilla munida de manjares. La abuela estaba muy viejita y no notaría la diferencia; le prometió cierto favor como recompensa, una vez la sencilla misión fuese cumplida.

Quiso verificar personalmente el desarrollo de los acontecimientos. En su momento, oyó los infantiles gritos que en el libreto marcaban, primero, la infructuosa negativa de Caperucita a dejarse comer por el lobo y, luego, la disposición de la niña en bocados convenientes a las costumbres de mesa de estos carnívoros.

Sólo entonces, contenta, Caperucita cogió su propio rumbo, con la deriva que suele caracterizar a un actor desempleado.



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Gustavo Tatis Guerra

Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, 1992. Nominado en tres oportunidades a ese mismo premio en 1993, 1995, 1997. Ganó en 2003 el Premio de Periodismo “Álvaro Cepeda Samudio”. Autor de los poemarios “Conjuros del navegante”, 1988, “El edén encendido”, 1994, “Con el perdón de los pájaros”, 1996, “La ciudad amurallada” (Crónicas de Cartagena de Indias”), 2002, “Alejandro vino a salvar los peces”, Premio Nacional de Cuento Infantil Comfamiliar del Atlántico, 2002, publicado por Panamericana, en 2003. Tiene un libro de cuentos, una novela inédita y un ensayo sobre la obra poética de Luis Carlos López y Raúl Gómez Jattin. Panamericana publicó en 2004, su ensayo novelado “Bailaré sobre las piedras incendiadas”, sobre Virginia Woolf. Vive en Cartagena de Indias.



Nadie es inmune a las metáforas

Se había deslumbrado con aquella metáfora inusual del poeta americano E. Cummings: “La terrible cara de Dios, más brillante que una cuchara”. ¿Por qué terrible, por qué brillante?, se preguntaba mientras devoraba con ansiedad, cucharadas de garbanzos revueltos con arroz.

No había consuelo para aquel peregrinaje sin regreso.

¿De qué luz de penumbra había nacido aquello que lo encantaba? ¿Acaso de la luz nunca oscurecida de aquel verso de San Juan de la Cruz? Esta vez el amanecer lo había dejado sin aliento, con una iluminada desazón, al final de una cacería despiadada en la que nadie vendría a despertarlo ni rescatarlo de aquel abismo insondable en el que había descendido tras el espejismo de una metáfora.



Hara-kiri

El viejo almirante Oshibo, luego de hacerse el hara-kiri, entró a la muerte, luego de una tremenda agonía. No quiso acelerar lo inexorable. Antes que alguien se le ocurriera darle un golpe de gracia, él había dejado escritas dos líneas concebidas poco antes del final. Eran en esencia, la sombra de un pájaro en el agua, acaso toda su vida:

La luz de tu cuerpo brilla y tiembla
en la luna de mis manos

La sangre del viejo almirante no dejó de fluir.

Sus ojos parecían diáfanos y serenos como los de un niño.





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Hermínsul Jiménez Mahecha

Nació en Pasto (1960). Licenciado en Filosofía y Letras (Universidad de Nariño, 1982), Magister en Etnoliteratura (convenio entre las Universidades de la Amazonia y de Nariño, 1996) y Doctor en Ciencias Pedagógicas del Instituto Central de Ciencias Pedagógicas de Cuba (2005). Profesor de las Universidades de Nariño (1982-1985) y de la Amazonia (desde 1986). Poemas, cuentos, ensayos y reseñas han sido publicados en varias revistas universitarias y periódicos regionales del país. Dirige, desde 2006, Maniguaje, taller de escritura integrante de la Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa del Ministerio de Cultura. El dios ebrio y otras ficciones (Colección Los Conjurados) es su primer libro.


El dios ebrio

¿Quién puede afirmar que sólo su historia es verdadera? No todas las verdades han sido dichas y, siguiendo caminos diferentes, versiones de una misma historia terminan siendo sólo eso, versiones, ni siquiera confirmables por sus contemporáneos. Esta versión se atribuye a Polífones de Galilea quien la transmitió a sus hijos y éstos a los suyos a través de los lustros y los siglos, confiriéndole por ello un valor quizás más confiable que la fría consignación escrita hecha por un aficionado cronista de aquella época, año setenta y siete después de la muerte de Julio César.

Según el relato de Polífones, pescador de profesión, habían llegado cerca de su casa unos hombres que antes eran como él y que ahora seguían a otro a quien escuchaban con los ojos de no creer lo que oían y, con motivo de una boda, entre tantas cosas como las que se dicen en las fiestas, aquél había dicho “¿Mujer, qué nos va a mí y a ti? No es aún llegada mi hora” dirigiéndose a su madre y, más tarde, pidiendo a los servidores de la casa “llenad las tinajas de agua” y siguieron luego las risas, los comentarios y las bromas hasta que todos eran una sola fiesta.

Polífones, debiendo alistar las redes cuando aún el día era noche, levantóse y tomando sus ropas fue luego camino del lago en medio del silencio. A medida que había más luz, la voz se le secaba en la garganta y la respiración le dolía entre las costillas porque sus ojos no podían creer lo que veían: el lago se había ido, los peces eran bailarinas ondulantes entre las hierbas cercanas a la costa y algunos colgaban de los árboles de los alrededores; las aves eran torpes criaturas moviéndose en el fango; los botes estaban algunos volcados como antediluvianas criaturas mientras otros permanecían tirados encima de los techos de las casas; las cabras y ovejas balaban juguetonamente despatarradas sobre parches de hierba olorosa y fresca; y un asno que se alejaba de un bebedero caminaba de la forma más curiosa que se hubiera visto, dando dos pasos y quedando siempre con una pata en el aire casi a punto de caer. Después el eclipse fue total.

Al despertar, Polífones de Galilea supo que sus vecinos lo habían escuchado delirar y, con el sol metido en su cabeza, ya no pudo hablar. A los tres días, como si resucitara, recuperó la voz y contó el prodigio empezando con las palabras: "Parecía obra de un dios ebrio..."



Javier Villafañe

Este escritor argentino (Buenos Aires, 1909-1996), conocido en Colombia por sus magistrales obras de teatro para niños, nos conduce en intensos cuentos por un mundo donde se conjugan mágicamente la ironía y la amargura existencial. Enrique Molina lo definió como: El total desconocido, la estrella de mar, la pituitaria libre de las bestias hechizadas por el olor del mundo, ¡es un poeta!


LA CUCARACHA

Una vez había un hombre que vivía solo. Era periodista. Trabajaba en un diario desde las seis de la mañana hasta la medianoche. Cuando terminaba de trabajar salía del diario; caminaba unas cuadras; comía en un restaurante y después iba a un bar a tomar cerveza. Al amanecer regresaba a su casa. En su casa –era un pequeño departamento– no tenía un solo mueble; ni cama tenía, ni una silla en que sentarse. Había unos clavos en la pared en donde colgaba el saco, el pantalón y la camisa. Dormía en el suelo. En invierno o cuando hacía frío se envolvía en una frazada.

Le gustaba tomar cerveza. Todo el día tomaba cerveza: a la mañana, a la tarde, a la noche. Siempre llegaba a su casa con dos o tres botellas de cerveza.

Una madrugada, cuando se acostó en el suelo para dormir, vio a una cucaracha que salía de un agujero del zócalo. La vio caminar, detenerse y acostarse cerca de su cabeza.

Esto pasó varias veces. Una vez, cuando la cucaracha salía del agujero del zócalo, tomó la tapa de una botella de cerveza y la puso a su lado, y allí se acostó la cucaracha.

Al día siguiente el hombre llegó más temprano a su casa. Traía un poco de algodón: lo desmenuzó y le hizo una cama en la tapa de la botella de cerveza para que durmiera la cucaracha.

El hombre se acostó como siempre en el suelo. Vio salir a la cucaracha del agujero del zócalo: caminar y subir para acostarse en la cama que le había hecho en la tapa de la botella de cerveza.

Al otro día el hombre fue a trabajar. Estaba muy contento. Salió del diario. Iba silbando por la calle. Llegó al restaurante, comió, y después fue al bar a tomar cerveza. Se encontró con un amigo y le dijo:

–Ya no estoy solo. Cuando me acuesto, una cucaracha sale de un agujero del zócalo y viene a dormir a mi lado.

El amigo se rió.

–¿Cómo sabés que es la misma cucaracha? –le preguntó–. Tu casa debe estar llena de cucarachas.

–No, la conozco. Es la misma –respondió el hombre.

–¿Serías capaz de hacer una prueba?

–Sí. ¿Qué hago?

–Le arrancás una pata a la cucaracha. La dejás renga. Y si al día siguiente ves a una cucaracha renga que viene a dormir a tu lado, es entonces la misma cucaracha.

El hombre llegó a su casa. Se desvistió. Colgó en los clavos el saco, el pantalón y la camisa. Se acostó. La cucaracha salió del agujero del zócalo. Caminó y cuando iba a subir a la cama para acostarse, el hombre tomó a la cucaracha con el pulgar y el índice de la mano izquierda, y con el pulgar y el índice de la mano derecha, le quebró una pata y se la arrancó. Tiró la pata y puso a la cucaracha en su cama.

La cucaracha durmió: pero el hombre no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Él, tendido en el suelo, y la cucaracha a su lado dormida. Después la vio despertar, caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.

El hombre se levantó, se vistió y salió. Ese día tomó mucha cerveza. Llegó al diario a las seis y media. Trabajó hasta después de medianoche. Fue al restaurante; comió. Fue al bar. Llegó a su casa. Se acostó. Vio salir a una cucaracha renga del agujero del zócalo. La vio llegar, subir y acostarse en la cama de algodón que él le había hecho en la tapa de una botella de cerveza.

Es la misma –se dijo el hombre–. Yo sabía que no estaba solo.

Pero no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Vio cuando se despertó la cucaracha. La vio caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.

A la madrugada siguiente volvió la cucaracha. Llegó caminando lentamente y se acostó al lado del hombre.

El hombre no podía dormir. Miraba dormir a la cucaracha. Estaba desnudo, sentado en el suelo, tomando cerveza. Tomó una botella, dos, tres botellas de cerveza. Sintió el sol en los ojos, la mañana.

La cucaracha se despertó. Bajó de la cama. Caminaba arrastrándose y se metió en el agujero del zócalo.

Y no volvió nunca más.

Jorge Consuegra

Nació en Bucaramanga – Colombia, 1949. Dirige la Agencia de Noticias Culturales Libros & Letras. Ha sido finalista en varios concursos de cuento a nivel nacional y latinoamericano.


Cataraminto Regulary

–¿Jugamos? –le dijo, acariciándole la cabeza.

–¡Claro! –y el pequeño corrió a su lado.

–¿Cómo está la luna?

–Siempre bella, alta y brillante, sonriéndole a la noche.

–¿Y las estrellas?

–Jugando. A veces están acá, a veces más allá, pero siempre jugando.

–¿Y no has vuelto a ver los luceros?

–Cuando salen tantas estrellas, se esconden, por eso sólo aparecen cuando empieza a amanecer.

–¿Y cuando están todos juntos se ponen a bailar?

–Bailan, juegan y hasta se ponen a dibujar en el cielo. Aparecen, entonces, los capricornios, caballos, los hombres con sus arcos, los peces, los escorpiones,

y muchas figuras más.

–¿Y al llegar el sol todo se acaba?

–Sí. Pero entonces la luna a veces le coquetea y sale a pasear al mediodía. Ella por un lado y él por el otro hasta que cae la noche.

–¿El lirio es el rey?

–Sí. Es el rey de todas las flores. Primero aparece como un alfil y poco a poco va extendiendo su capa de rey.

–¿Y la orquídea?

–Es la reina. Con su fino vestido llena de color la primavera. Además, es fina en su vestir.

–¿Y qué color le gusta?

–Los tonos eternos del gusto: El violeta. Tú sabes que es un color del silencio, de la calma.

–¿Y no es la rosa la reina de las flores?

–No, padre. Es muy linda, hermosa, pero no es la reina. Digamos más bien, que es la hija más linda de las flores. Pero no la reina.

–¿Pero no se viste con todos los colores del arco iris?

–¡Claro! Se viste de amarillo y de rojo y de rosado y de blanco. Es muy linda sus pétalos son vistosos, muy bien creados, pero no es la reina.

–¿Y el clavel?

–Es rebelde, padre, por eso anda por ahí sin valor. Sólo el día de las madres se viste de blanco y a veces los toreros los lucen de rojo.

–¿Y el pensamiento?

–Es muy reservado. Dala sensación de que no quiere crecer. Es sumiso.

–¿Podemos hablar del roble?

–Es el patriarca de las plantas. Es grande, grueso, serio, muy firme, lleno de ramas y follaje, codiciado por todos los hombres. Es el Gran Árbol. Es muy fino en sus modales. Tiene un gran mando. Es un Gran Señor.

–¿Y el ciervo es triste?

–Triste pero al mismo tiempo alegre. Salta como nadie y alegra a las mariposas. Tiene gracia al andar y una inmensa ternura reflejada en sus ojos.

–¿El reno?

–También es un señor, con su gigantesca cornamenta lo convierte en un gran varón.

–¿El búho?

–Inteligente, muy inteligente. Siempre piensa antes de hablar. Mira sin descanso, oye con cuidado. Es excesivamente reservado.

–¿El toro?

–Hermoso cuando sale al ruedo. Agresivo, duro, de hermosa cornamenta. Y no se rinde ni a la hora de la muerte.

–¿Todos los niños son alegres? –Todos y casi todos.

–¿Todos y casi todos? – ¿Qué me quieres decir hijo?

–Todos somos alegres, pero a veces somos casi todos porque...porque yo creo padre, que siempre la alegría se acaba.

–¿Y a ti cuándo se te acaba la alegría? –Cuando recuerdo que no puedes ver...



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Jorge Luis Borges

Uno de los escritores más influyentes del siglo XX. Poeta y cuentista argentino (1899- 1986) autor de Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925), Antología de la literatura fantástica (1940), Historia universal de la infamia (1935), Ficciones (1944), El Aleph (1949), El hacedor (1960), El informe de Brodie (1970), El libro de arena (1975). En 1961 le fue otorgado el Premio Fomentor compartido con Samuel Beckett, y en 1980 el Cervantes compartido con Gerardo Diego.


Diálogo sobre un diálogo

A.- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón).- Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística).- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

José Emilio Pacheco

(Ciudad de México, 1939). Estudió Derecho y Letras, en la UNAM. Trabajó como editor en esta universidad. Dirigió la Colección Biblioteca del Estudiante Universitario y de la Revista Universidad de México. Ha sostenido durante varias décadas la columna «Inventario», en la revista Proceso. Fue Becario del Centro Mexicano de Escritores. Es autor de El castillo en la aguja (1962), Los elementos de la noche (1963), El reposo del fuego (1966), No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), Irás y no volverás (1974), Islas a la deriva (1976), Tarde o temprano (recopilación, 1980), Álbum de zoología (1985), El silencio de la luna (1994). En narrativa sobresalen sus novelas Morirás lejos (1967) y Las batallas en el desierto (1981).


LOS CONSPIRADORES

No queremos dejarla en paz. Antes de suicidarse, B llamó a sus amigos. No dijo lo que intentaba ni alcanzamos a imaginarlo. B no había hecho simulacros ni ensayos generales. Nadie acudió al llamado. El abandono es injustificable. Pero, como es de suponerse, tenemos paliativos, coartadas. El teléfono suena a medianoche. Hay sobresaltos. No somos los que fuimos. Ahora cada uno tiene deberes y necesidad de levantarse temprano.
El suicidio es una crítica radical a nuestro modo de vida y, en primer término, un asesinato simbólico. Todos sentimos que matamos a B, y ella, en venganza, acabó con nosotros. Nos sobrevaloramos al pensar que una palabra nuestra, un gesto solidario, los consuelos de la filosofía cristiana o estoica, la esperanza de la revolución mundial, la memoria de los buenos momentos en compañía, el despliegue de nuestras propias humillaciones y fracasos, un sarcasmo oportuno y escarnecedor... algo hubiera bastado para conjurar el suicidio.
Más que en nuestro íntimo sufrimiento, en estas maniobras se revela el horror de estar vivo. Nos sentimos tan culpables que nadie quiere cargar al culpa.
Entre habladurías y reproches directos, sostenemos una campaña cerrada para que alguno de nosotros expíe el remordimiento colectivo –y le haga a B en la muerte la compañía que no supimos hacerle en vida.

José Chalarca

Manizales, 1941. Ha publicado los libros de cuentos: Color de hormiga (1973), El contador de cuentos, Las muertes de Caín, y la antología Trilogio; de ensayo: El oficio de preguntar, Yourcenar o la profundidad y La escritura como pasión; y las obras para niños: Diario de una infancia (1984) y Aventuras ilustradas del café (1989).


Muñeca

Era blanca, toda blanca con una mancha negra sobre la frente. Se llamaba Muñeca y tenía costumbres que contradecían su espíritu felino: en la mañana, cuando mamá entraba al cuarto que compartía con dos tías viejas –solterona la una, madre soltera la otra–, Muñeca llegaba detrás y se metía entre las cobijas lo que dificultaba mucho más mi levantada. Luego en la cocina se encara­maba sobre mi espalda mientras tomaba el desayuno.

Fueron muchos los azotes que gané por su amor. Papá decía que los gatos eran peligrosos. Que casos se dieron en que habían matado a sus amos por asunto baladí; que los pelos que soltaban se introducían en los pulmones y causaban la tisis y otros mil engendros de similar talante.

Seguíamos amándonos. Tuvo para conmigo detalles de perro: Salía a encontrarme cuando llegaba de la escuela y si no la alzaba hacía cabriolas delante de mí y los ojos le reían de felicidad.

Una noche la sentí maullar desesperada. Yo no sabía aún que los gatos gritan desaforados cuando se entregan al juego del amor. No, no lo sabía. Traté de levantarme para averiguar lo que pasaba y el miedo me atenazó con infinitas excusas. Escuché que además de gritar arañaba las tablas de la escalera. Pero no me levanté ni me asomé para ver lo que ocurría. A veces sus maulli­dos como que decían mi nombre y esto, en vez de animarme a salir, me paralizaba más en el rincón de la cama. Pudo al fin el sueño de los ocho años.

Amaneció. Mamá entró como todas las mañanas. Muñeca no. Cuando bajé al lavadero para asearme, la pobre Muñeca colgaba flácida entre dos tablas que formaban una especie de horqueta en la cubierta exterior de la escalera. La enterré en el patio con honores de cruz, cirios y flores.


JUAN NUBE

Juan alcanzó una nube y la hizo su cabalgadura. Era luminosa, grácil, veloz. Transportarse en la nube volvió a Juan más alegre, más cordial. La libertad de movimiento que le permitía su nube-caballo le ganó entonces más amigos y también muchos enemigos.

Día con día Juan se tornaba más transparente y generoso. Todos podían ver los movimientos de su corazón. Muchos le dijeron: cuídate. El mundo se ha dañado y no ve con buenos ojos la luz y la alegría, menos aún, la bondad de corazón.

Él, bueno como era, no les dio crédito y una noche tenebrosa los chicos de la pandilla del odio lo abordaron en un callejón sin salida.

–Bájate de la nube, le dijeron.

–¿Por qué?

–¡La queremos. Es más luminosa y rápida que las nuestras!

–¡Pero es que mi nube soy yo!

–Estupideces, dijeron en coro los hijos del odio.

Entonces uno de ellos disparó un revólver y la bala pegó directo en la frente de Juan. Mientras el niño caía, la nube se deshizo en infinitos hilos de plata que se bebió el suelo oscuro.



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Juan José Arreola

(1918- 2001). Escritor mexicano nacido en Zapotlán (Jalisco). Uno de los maestros del cuento en América Latina. Miembro del grupo teatral Poesía en voz Alta. Publicó Varia invención (1949), Confabulario (1952), La hora de todos (1954), Bestiario (1958), La feria (1963), La palabra educación (1973).


Armisticio

Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí dónde un ángel señala desde lejos invitándonos a entrar: Se alquila paraíso en ruinas.

Luis Fayad

Nació en Bogotá en 1945. Ha publicado las novelas: Los parientes de Ester (1978), Compañeros de viaje (1991), La caída de los puntos cardinales (2000). Dentro del género del cuento: Los sonidos del fuego (1968), Olor de lluvia (1974), Una lección de la vida (1984), La carta del futuro (1993), El regreso de los ecos (1993), y Un espejo después (1995).


MENSAJE DE MEDIANOCHE

Desde hacía un mes la rata rondaba todas las noches por el apartamento. Leoncio la oía, dueña del lugar, y había ensayado deshacerse de ella instalando trampas y rociando veneno por el piso. También en vano obstruyó los agujeros de los rincones y se paró amenazante con una escoba detrás de las puertas. Al cabo del mes Leoncio se notó a sí mismo con el carácter cambiado, y escribió una nota: «Por favor, déjeme tranquilo». La colocó en el piso de la cocina y se acostó confiado, pero lo único que varió durante la noche fue el pasearse impaciente de la rata, y a la mañana siguiente, cuando leyó de nuevo la nota, Leoncio tuvo la impresión de que iba dirigida a él.


MALA SUERTE

Desde el paradero del bus Leoncio observa los esfuerzos de un hombre por permanecer asido a la viga de un edificio. Algunos automóviles se detienen y los transeúntes empiezan a agruparse, y ya en calidad de testigos susurran palabras apresuradas sin atreverse a emitir un presagio. Angustiado, Leoncio piensa en que el bus puede venir sin asientos libres, y abstraído recorre con la mirada el trayecto del hombre desde la viga hacia el suelo. Cuando el bus aparece, Leoncio sube de prisa y busca sin éxito un puesto vacío. Mala suerte, piensa.


REENCUENTRO CON UNA MUJER

La mujer le dejó saber con la mirada que quería decirle algo. Leoncio accedió, y cuando ella se apeó del bus él la siguió. Fue tras ella a corta pero discreta distancia, y luego de alejarse a un lugar solitario la mujer se volvió. Sostenía con mano firme una pistola. Leoncio reconoció entonces a la mujer ultrajada en un sueño y descubrió en sus ojos la venganza.

–Todo fue un sueño –le dijo–. En un sueño nada tiene importancia.

La mujer no bajó la pistola.

–Depende de quién sueñe.



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© Luis Fayad



Luis Fernando Macías

Nació en Medellín en 1957. Fue director de la Editorial el Propio Bolsillo, de la publicación periódica Poesía, y director de la Revista Universidad de Antioquia. Actualmente dirige la editorial El Tambor Arlequín. Obras: La canción del barrio, Memoria del pez y Cantar del retorno, La flor de lilolá, y El juego como método para la enseñanza de la literatura a niños y jóvenes.


Agua de sueño

La niña que, en su casa, llevaba un cubo de agua y apareció de pronto en el desierto, se dijo:

—Juraría que iba a bañarme.


La última jugada

La noche es transparente, una moneda nos alimenta con su brillo. El último autobús pasó a las once y media. Allí venía ella; se bajó y, en vez de cruzar la calle hacia su casa para contemplar nuestro juego desde el balcón como lo había hecho siempre, se sentó en el andén, bajo el guayacán, como si supiera que el partido de hoy no sería un simple juego sino un ritual.

Ella debe suponer que la ignoramos porque ninguno de nosotros la miró directamente cuando se sentó. No sabe que hemos dejado el alma en cada movimiento hasta hacer de este pedazo de la calle un templo, ni que el partido concluye con el décimo gol, que ahora puede ocurrir en cualquiera de las porterías.

Recibí el balón de mi compañero, hice un amague por la derecha y dejé al atacante adversario en la mitad del campo con un rápido movimiento hacia la izquierda. Frente a mí tengo al último defensor, el balón viene cayendo después de que lo levantara suavemente... Esta podría ser la última jugada.


El bello animal indefinido

Rosita madrugó el lunes y, apresurada, se bañó.

Los lunes tenía que ir al colegio, pero ella corrió al campo porque tenía la certeza de que era sábado, su día libre.

Cuando saltaba entre los matorrales, sobre un árbol, descubrió un gato tratando de mirar al cielo.

¡Qué bello perro!, se dijo, y trenzó amistad con él.

En la tarde regresó a casa, llevando al animal tras de sí.

Su madre, al verla venir, le habló: Es gracioso el tigre que te acompaña.

Por la noche, su padre llegó cansado del trabajo y Rosita quiso mostrarle su amigo. El padre, estuvo alegre porque su hija tenía un compañero y le recomendó: Cuida mucho de tu zorro para que siempre esté contento.

Durante los días siguientes, muchos vecinos de Rosita quisieron conocer el oso que ella guardaba en su casa, y algunos quedaron asombrados al ver un cóndor sin plumas.



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© Luis Fernando Macías



Maribel García Morales


Nació en Tunja. Licenciada en Idiomas de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. Cursó estudios de Lingüística y Literatura en el Instituto Caro y Cuervo. Es traductora y editora. Actualmente, se desempeña como funcionaria del Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá.



LA MUJER DE BÁLSAMO

Me pareció que el perfume era barato; su cabello, sin embargo, resultó ser cálido y sedoso, como una noche frágil en antigua compañía. La había recogido a la salida del templo y llevado a mi posada. En sus ojos negros no hubo luz, ni llanto. Se arrodilló y con cuidado me lavó los pies; de sus ropas sacó un frasco aromatizado, igual al que antes le había visto, y me acarició hasta hacerme sentir una condición primitiva de bienestar.

Su cabellera húmeda sobre mis muslos, bien valía las treinta monedas. Con gusto le alargué la bolsa. Retiró su mano y me miró con desprecio.

El perfume es el mismo pero no el ungido ­­–dijo y se fue sin voltear el rostro.

Una risa como de pájaros me sobresaltó. Miré por la ventana y vi que la rama frondosa de un árbol se confundía con los tres maderos en donde pendían los cuerpos inertes de los ajusticiados. Mientras acariciaba las monedas, sentí una extraña opresión en el cuello.



LA MUJER DE BARRO

A Otilia Ruiz de Jeréz

Pasó sus días en un paraíso de formas que recreaban la vida. Ajena a todo, construyó su universo sin escatimar la magia con la que su piel de barro modelaba al mundo. Con paciencia, transmitió el primigenio hálito vital a las imágenes de su entorno y extrajo de la tierra un código divino para escribir su nombre.

Una tarde soleada, con la placidez en su rostro y desprovista de equipaje, emprendió el viaje que su adentro le exigía y se fundió con el paisaje.

Por encima de todo estuvo su alma como la materia más inmediata para su obra. El barro fue en sus manos otra vez origen.



LA MUJER DE SAL

Provocadora se entregó al fuego de la multitud. Su búsqueda sensorial la llevó al fragante olor de pieles ansiosas, dulces sabores y cálidas texturas sugeridas por nuevos estímulos.

El mensaje celestial interrumpió su goce y, casi arrepentida, abandonó la ciudad maldita.

Condenada a la huida, quiso evitar que su cuerpo comenzara a despedir un perfume de azucenas, y que el color de su piel cambiara hasta adquirir el blanco inmaculado. Antes de convertirse en estatua, en sus labios reconoció un sabor puro, cercano al que tanto tiempo había buscado y que prometía quedarse para siempre.



Derechos reservados
© Maribel García Quintero


Mauricio Botero Montoya

Nació en Bogotá, Colombia, en 1948. Estudió filosofía y escribió varios libros de historia contemporánea. Fue profesor e investigador. Conferencista en diversos centros educativos de Europa, Estados Unidos y América Latina. Ha sido representante de las universidades al Consejo Nacional de la televisión colombiana y delegado ante la ONU en Ginebra, Suiza; así como Cónsul General de Colombia en Argentina y República Dominicana. Entre sus publicaciones resaltamos: La herencia del Frente Nacional con prólogo de Alfredo Vásquez Carrizosa (1986), El MRL con epílogo de Alfonso López Michelsen (1990). En el 2003 publicó su novela El baile de los árboles. En la actualidad es columnista del diario El Nuevo Siglo. Premio Nacional de Ensayo 1994 Ministerio de Cultura y Premio Nacional de Cuento 2001 Ministerio de Cultura.


Imperium Orbe Conditio Anno 72 Dominí

Mi segunda encarnación fue en Roma durante el consulado de Gelio y Léntulo. Serví en las legiones. No podía casarme pero tuve un hijo. Por entonces el insurrecto esclavo Espartaco amenazó con sus gladiadores a la población de Módena. En su defensa nos acaudilló el general Longíno. En esa batalla se perdió mi legión. Regresé con seis compañeros al servicio del general Mumio que codiciaba conquistar para sí esa esquiva victoria. Sólo nosotros siete sabíamos a ciencia cierta lo que nos esperaba. La batalla fue en Piceno. Llevado del coraje quise venganza. Combatí hasta que se puso el sol. Fue del esclavo Espartaco la victoria. Mis compañeros poseídos del dios Pan huyeron cubriéndose de vergüenza. Después el cónsul Craso, para restaurar la disciplina, nos ordenó hacer una fila y sorteando al azar a un hombre de cada diez lo sacrificó. Nos castigo con justicia. Yo fui diezmado.

Nathaniel Hawthorne

Nació el 4 de julio de 1804, en Salem, Massachussets, USA. Falleció el el 19 de mayo de 1864 en Plymouth, New Hampshire. Novelista estadounidense, cuyos trabajos muestran una profunda conciencia de los problemas éticos del pecado, el castigo y la expiación. Perteneció a una familia puritana y luego de graduarse en el Bowdoin College en 1825, retornó a su ciudad natal y allí, en semirretiro, se dedicó a la literatura.


Reflexiones

Un hombre, en la vigilia, piensa bien de otro y confía en él plenamente, pero lo inquietan sueños en que ese amigo obra como enemigo mortal. Se revela, al fin, que el carácter soñado era el verdadero. La explicación sería la percepción instintiva de la verdad.


Otro

Un hombre rico deja en su testamento su casa a una pareja pobre. Ésta se muda allí; encuentran un sirviente sombrío que el testamento les prohíbe expulsar. El sirviente los atormenta; se descubre, al fin, que es el hombre que les ha legado la casa.

Pablo Montoya Campuzano

Pablo Montoya (Barrancabermeja, 1963). Ha publicado los libros de cuentos Cuentos de Niquía (Vericuetos, París 1996), La sinfónica y otros cuentos musicales (El propio bolsillo, Medellín 1997), Habitantes (Indigo, París 1999), y Razia (Eafit, Medellín 2001) y Réquiem por un fantasma (Hombre Nuevo Editores, Medellín, 2006) el libro de prosas poéticas Viajeros (Universidad de Antioquia, Medellín 1999); el libro de ensayos sobre música Música de pájaros (Universidad de Antioquia, Medellín, 2005); y la novela La sed del ojo (Eafit, Medellín, 2004). Es premio del Concurso Nacional de Cuento “Germán Vargas” (1993). En 1999 el Centro Nacional del Libro de Francia le otorgó una beca para escritores extranjeros por su libro Viajeros. El libro Habitantes ganó en el 2000 el premio Autores Antioqueños. Ha participado en diferentes antologías de cuento y poesía colombiana y latinoamericana. Realizó estudios de música en la Escuela Superior de música de Tunja. Hizo una licenciatura en filosofía y letras en la Universidad Santo Tomás de Aquino en Bogotá. Igualmente, obtuvo la maestría y el doctorado en Estudios Hispánicos y Latinoamericanos en la Universidad de la Sorbonne Nouvelle (París III). Sus cuentos, sus traducciones de escritores franceses y africanos, sus artículos han sido publicados en diferentes revistas y periódicos de América Latina y Europa. Actualmente es profesor y coordina el Doctorado en Literatura de la Universidad de Antioquia.


UN SÚBDITO

Escuché semillas agitadas, pieles percutidas, guijarros por donde el viento entra y llora. En ningún sitio hallaba una explicación de los sonidos acorde a tu sabiduría. Pueblos hay que hacen la música cuando conversan con los ausentes. Otros silban para liberar la lluvia o asustar las tormentas. Hay quienes tocan una especie de cuerno antes de soñar con los dioses. Pero nadie daba una ley sustentadora. Tu exigencia me pareció imposible. Dispuse el regreso para decirte que la música es y no hay explicación para dilucidarla. Una mañana, sin embargo, el mundo fue creado. Vi las cosas como si fueran una fugaz fragmentación de un todo luminoso. Quise participar en aquel equilibrio de silencios. Corté una caña de bambú y soplé. El sonido fue mi pasión, agua brotando de un manantial. Luego aparecieron dos pájaros de plumas transparentes. Uno cantó mi sonido seis veces. El otro respondió con seis distintos al mío. No puedo descifrarte el misterio de los siete seres sonoros. Pero los he traído ocultos en estas cañas. Escúchalos y toda palabra sobrará. Aquí están las leyes que rigen la música, y a nosotros, los hombres de tu imperio.


UN JUDÍO

En la mirada de la mujer una llanura, caballos que corren hacia un punto distinto al que busca este tren herrumbroso. Ella está junto al respiradero, estira sus manos entre los alambres, buscando un aire huidizo. También sabe que nos ha correspondido el horror. De nuevo estamos signados por la barbarie como antes lo estuvieron nuestros ancestros en Goray. Pero hoy, me repito, todo es una ficticia emanación: el paisaje visto en los ojos, la mujer, el tren que va a Treblinka, mi incredulidad. Este viaje hacia la muerte es ilusorio como la luz y la lluvia. Como la oración dicha por alguien, junto a mí, porque hoy es sábado.


UN ESCLAVO

Llevo cadenas. Los dioses no han muerto pero están solos. A mi lado, rabia. Soy la raíz del mundo. La mirada del fuego reflejada en la noche. Mis manos inventan el tambor despojado, y preparan ya la fuga. Preso en lo hondo de este barco, soy la revuelta inevitable.


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© Pablo Montoya Campuzano


Ramón López Velarde

Nació en Zacatecas. Estudió Derecho en San Luis Potosí. Fue profesor en Preparatorías. Ejerció como juez en San Luis Potosí. Colaboró con las revistas Vida Moderna y Pegaso. En 1921 escribió La suave patria, que servirá de título a uno de los libros de poesía de mayor renombre en la literatura mexicana. Es autor de los libros de poesía: La sangre devota (1916), Zozobra (1919), El son del corazón (1932), El león y la virgen (1942) y Poesías, cartas, documentos e iconografía (1952). En prosa es autor de El minutero (1933), El don de febrero y otras prosas (1952) y Prosa política (1953).



LA FLOR PUNITIVA

Una y otra vez envenenado en el jardín de los deleites, no asomaron ni la desesperación, ni la venganza, ni siquiera un inicial disgusto. Antes bien, germinó la solemne complacencia de los señalados por la diosa. Y en las rituales resignaciones, roja como el relámpago de una bandera, sólo se afanaba la sangre, queriendo escapar en definitiva.
Pasajera de Puebla, pasajera de Turín, lo mismo da. El frenesí masculino, sin caer en estulticia o en bajeza, no puede exigir legalidad a las distribuidoras de experiencia, provisionalmente babilónicas. Estimemos, al contrario, que sazonando nuestra persona lo libren de lo insulso y le inculquen el vital sentido de que toda raíz es amarga.
Los rectores de la multitud, llámense políticos, sabios o artistas, producirían obra más ilustre, si se repartiese entre ellos un prudente número de contagios.
Si pagar es lo propio del hombre, paguemos nuestras supremas dichas, abominando de esa salubridad que organiza las islas del Mar Egeo en compañía de seguros.
Un orangután en primavera divide sus chanzas entre los viejos verdes y los jóvenes en blanco. El furor de gozar gotea su plomo derretido sobre nuestra hombría; inútil y cobarde querer salvarnos de la crapulosa angustia. Al cabo, una ancianidad sin cuarentena suspirará por la mesa de operaciones.

Salvador Elizondo

(Ciudad de México, 1932-2006). Estudió Literatura inglesa, en la Universidad de Ottawa, Civilización francesa, en Perugia. Estudió Artes Plásticas y Letras Inglesas, en la UNAM. Fue profesor en esta universidad. Becario y asesor literario del Centro Mexicano de Escritores. En el género de la poesía es autor de Poemas (1960) y Cuaderno de noche (1986). En el género de la narrativa publicó Farabeuf (1965), Narda o el verano (1966), El hipogeo secreto (1968), El retrato de Zoe y otras mentiras (1969) y Elsinore (1988). Escribió los ensayos: Visconti (1983) y Teoría del infierno (1992).


LOS HIJOS DE SÁNCHEZ
En el último patio de la casa viven los hijos de Sánchez. El portero, hombre rudo y escuetamente servicial, a quien llamamos Lencho, los mantiene encerrados tras invencibles cerrojos y candados. Una vez al año los suelta y les permite que vaguen en libertad por todas las viviendas. Luego, al caer la tarde, los congrega en el arranque de la torcida escalera de fierro y los vuelve a conducir a su encierro en el patio trasero, del que no volverán a salir hasta que haya pasado un año.
No son muchos, pero sí suficientes para que toda la hiel acumulada por los inquilinos en doce meses se vuelque sobre ellos en unas cuantas horas. Los hay de toda especie y que a voluntad de los inquilinos convocan simultánea o sucesivamente la más variada gama de sentimientos nefandos entre quienes durante este día y según los términos del contrato de arrendamiento, son absolutamente libres de perpetrar cualquier infamia en ellos.
Confluyen durante las horas diurnas del festival las corrientes más encontradas y, sin embargo, más correlativas, del odio acumulado y en tantas formas como habitantes tiene la vecindad, que no quedan insatisfechas ni las aguzadas especialidades del Comandante ni las minuciosas generalizaciones de la señora Pérez Goodrich que vive en el 6 y de sus hijas Claudia, Patricia, Alejandra y Marcela que son particularmente sensibles –Alejandra Pérez Goodrich especialmente– a la destreza con que algunos de los hijos de Sánchez saben despertar el sentimiento de la lástima furiosa.
Hasta los niños contribuyen con su cúmulo diáfano pero potente de odio a celebrar esta fiesta cuyo aparente desenfreno asegura, durante el resto del año contractual, la complacencia y el buen trato entre nosotros.

Raúl Brasca

Narrador, antólogo, crítico y ensayista argentino. Ha publicado los libros de cuentos Las aguas madres (Buenos Aires, 1994), traducido al italiano con el título L’edonista e altri racconti (Reggio, 2006) y Últimos juegos (Madrid, 2005); el libro de microficciones Todo tiempo futuro fue peor (Barcelona, 2004 y Buenos Aires, 2007) y once antologías, de las cuales nueve son de microficciones. Su obra microficcional fue publicada, además, en antologías, revistas y suplementos literarios de su país, Brasil, Colombia, España, Italia, México, Perú, Portugal, Serbia, Suiza y USA. Fue ponente en congresos internacionales y es frecuente conferencista, jurado y referato en temas de crítica. Como ensayista, colabora con revistas literarias y publicaciones universitarias de Argentina, Colombia, España, Honduras, México y USA. Escribió reseñas bibliográficas para el suplemento de cultura del diario La Nación. desde 1996 y, actualmente, colabora con la revista cultural ADN del mismo periódico.


SOLIPSISMO

Avanzo con el auto sumergido en tan espesa niebla que no veo la ruta. Conduzco por intuición del camino pero, inexplicablemente, no me equivoco. Ningún par de faros me cruza desde hace rato y se me ocurre que la ruta existe debajo del coche sólo porque yo creo en ella.

Ahora la niebla comienza a disiparse. Los faros iluminan apenas la ondulante extensión gris que transito. Primero una gaviota y luego un pez volador pasan delante del parabrisas. Sigo creyendo en la ruta. Tengo que poder.





LOS DINOSAURIOS, EL DINOSAURIO

Cada soñador (¿o habría que decir durmiente?) tiene su dinosaurio, aunque lo común es que no lo encuentre al despertar. Soñadores impacientes despiertan siempre antes de que sus dinosaurios lleguen, y dinosaurios impacientes siempre se van antes de que sus soñadores despierten. Lo admirable del cuento de Monterroso consiste en presentar el único caso en que el tiempo del soñador coincidió con la paciencia de su dinosaurio y la impaciencia de un considerable número de lectores.

Vicente Huidobro

Tragedia

María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.
Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.
¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.
Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.